sábado, 20 de mayo de 2017

     Hace muchos, muchos años era normal introducir las palabras en un hilo para guiarlas y evitar que se perdiesen por el camino hacia su destino. Los tímidos solían llevar un carrete en el bolsillo, pero la gente pensaba que también lo necesitaban los intrépidos que hablaban a gritos, porque muchos no saben hacerse oír por uno solo. La distancia física entre dos personas que estuvieran usando el hilo no tenía por qué ser larga; a veces, cuanto más corta la distancia más necesario era el hilo.

     La idea de colocar vasos en los extremos del hilo llegó mucho después. Hay quien dice que se debió al incontenible impulso de acercarnos caracolas a los oídos, para oír el eco de la primera expresión del mundo. Otros aseguran que la inició un hombre que sostenía el extremo de un hilo que iba soltando por el océano una chica que se fue a América.

     Cuando el mundo se hizo más grande y ya no hubo suficiente hilo para impedir que las cosas que la gente quería decir se dispersaran en el vacío, se inventó el teléfono.

      A veces, no hay hilo que sea lo suficiente largo para que uno pueda decir lo que debe. En tales casos, lo único que puede hacer ese hilo, cualquiera que sea su forma, es conducir el silencio de una persona.

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