sábado, 11 de octubre de 2014

     La gente desaparece cuando muere. La voz, la risa, el calor de su aliento, la carne y finalmente también los huesos. Todo recuerdo vivo termina. Es algo terrible y natural al mismo tiempo. Sin embargo, hay personas que se salvan de esa aniquilación, pues siguen existiendo en los libros que escribieron. Podemos volver a descubrirlos. Su humor, el tono de su voz, su estado de ánimo. A través de la palabra escrita pueden enfadarte o alegrarte. Pueden consolarte, pueden desconcertarte, pueden cambiarte. Y todo eso pese a estar muertos. Como moscas en ámbar, como cadáveres congelados en el hielo, eso que según las leyes de la naturaleza debería desaparecer se conserva por el milagro de la tinta sobre el papel. Es una suerte de magia.

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